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lunes, 3 de enero de 2011

¡Ha Nacido el Señor!

Porque la luz llegaba al mundo,
la luz verdadera
que ilumina a todo hombre.
Ya estaba en el mundo,
y por El se hizo el mundo,
este mundo que no lo conoció.
Vino a su propia casa
y los suyos no lo recibieron.
Pero a todos los que lo recibieron,
les concedió ser hijos de Dios:
éstos son los que creen en su Nombre.
Pues aquí se nace sin unión física,
ni deseo carnal,
ni querer de hombre:
éstos han nacido de Dios.
Y el Verbo se hizo carne,
y habitó entre nosotros.
Hemos visto su Gloria,
la que corresponde al Hijo Único
cuando su Padre lo glorifica.
En él estaba la plenitud del Amor y de la Fidelidad. (Juan 9 -14)


(aporte de Lily. La imágen corresponde a la película "La Natividad" (hacer click) que pueden ver en su totalidad en internet. Consta de 11 partes de entre 8 y 10 minutos cada una. Está hablada en castellano.)

lunes, 8 de noviembre de 2010

Mantenerse Firmes

Lc 21, 5-19: Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas.

Como algunos, hablando del templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido". Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto y cuál será la señal de que va a suceder?". Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi nombre diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin". Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas".
Palabra del Señor.

La belleza de la fe
Comentario de Víctor Manuel Fernandez

Algunos judíos, sobre todo los sacerdotes, estaban apegados al templo, a su belleza y a sus adornos. Y por estar en el templo, creían que estaban cerca de Dios, cuando en realidad sus corazones quizás estaban muy lejos de él, no lo amaban, no lo adoraban sinceramente. Jesús anuncia que el templo sería destruido, que no quedaría piedra sobre piedra.

El mayor orgullo de los habitantes de Jerusalén no iba a ser eterno, sino que su fin estaba cercano. Y a esos que contemplaban admirados el templo, les dice que finalmente todo se termina.

No interesa saber cuándo. Lo importante es vivir con esa conciencia, para no aferrarse a nada. Luego Jesús anuncia a sus discípulos que a ellos los espera un desafío particular: la incomprensión, los rechazos, las burlas, los desprecios sociales.

Identificarse con Cristo implica también aceptar esa incomprensión. Porque la fe es creer en algo que no responde a la mentalidad del mundo, y por eso a veces el mundo reacciona tratando de eliminar o acallar la voz de los creyentes; a veces persiguiéndolos de las maneras más sutiles, a veces ridiculizando sus convicciones.

Pero Jesús invita a los creyentes a descubrir que esas situaciones de oposición son ocasiones, son verdaderas oportunidades para anunciar la belleza de su fe, para exponer a otros lo que verdaderamente creen.

Esa confesión de la propia fe en los momentos particularmente difíciles es ante todo obra de Dios; él sólo necesita un discípulo dispuesto y valiente. En estas persecuciones, a veces hay que estar preparado para soportar burlas que no vienen de extraños, sino del propio lugar que uno ama, de la propia familia, de los amigos que uno lleva en el corazón. En esas ocasiones, hay que tener claro qué es lo que le da el sentido profundo a la propia vida. Manifestarles lo que creemos aunque ellos lo rechacen será una manera de amarlos en serio, sin ocultarles la verdad de nuestro corazón.
P. Víctor M. Fernández
(aporte de Alejandra)

martes, 2 de noviembre de 2010

No es Dios de muertos, sino de vivos

SANTO EVANGELIO Lc 20, 27-38
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella." Jesús les contestó: "En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos." Palabra del Señor.


Comentario del Santo Evangelio
Muy difundida está la opinión de que la vida en este mundo, donde hemos nacido y moriremos, donde comemos y bebemos, donde nos casamos, trabajamos y acumulamos (cf. 17,27-28), es nuestra única vida. Con una cierta duración —más o menos breve—, esta vida acaba con la muerte. Más allá de la muerte no hay otra vida para nadie, ni en este mundo ni en ningún otro.

En tiempos de Jesús, eran los saduceos quienes mantenían esta opinión. Creían que Dios había creado el mundo y a los hombres. Creían también que, por mediación de Moisés, Dios había dado la Ley al pueblo de Israel, para que pudiera llevar en este mundo una vida ordenada, en conformidad con la voluntad divina. Pero, según ellos, por encima del mundo actual y de la vida en este mundo, Dios no puede ni quiere hacer nada. El israelita vive su vida, recibida de Dios, bajo la ley y, de este modo, en relación con Dios. Cuando muere, termina su vida y termina también su relación con Dios. La historia que los saduceos cuentan a Jesús (20,29-33) pretende justificar su manera de pensar. Los siete hermanos actúan precisamente como prescribe Dios, a través de Moisés, en la ley del levirato (Dt 25,5-6). Suponiendo que los muertos resuciten y que sigan vigentes las condiciones del mundo actual, la mujer tendría siete maridos. Es una situación absurda, no prevista ni regulada por ninguna ley de Moisés. De esta situación deducen los saduceos que Dios no ha previsto la resurrección y que esta no se da.

La resurrección sigue siendo negada por muchos en nuestros días. Cuando se ofrecen las razones de esta negación, difícilmente se recurre al argumento de los saduceos, pero por lo general la argumentación descansa sobre el mismo presupuesto. Se parte de que continúan nuestras relaciones tal como las conocemos en nuestro mundo actual. Resulta inimaginable entonces que esto pueda ser así para siempre: ¿dónde puede asentarse este innumerable batallón de seres humanos?, ¿cómo pueden organizarse?, ¿qué pueden hacer en esa vida sin fin?

Jesús defiende, como los escribas (cf. 20,39), la resurrección de los muertos. No se ocupa directamente de la pregunta de los saduceos, sino que se centra en refutar sus presupuestos (20,34). Señala después algunas características de la vida en el mundo futuro (20,35-36) y remite a Moisés, aduciéndolo a su favor (20,37-38). Contesta la idea de que Dios no haya previsto otras condiciones que las que rigen la vida de los hombres en el mundo presente. En el mundo actual, los hombres se casan. Pero Dios, que ha creado este mundo, quiere y da una vida que se realiza bajo otras condiciones, una vida caracterizada entre otras cosas por el hecho de no tener ya necesidad del matrimonio. Con este presupuesto, la argumentación de los saduceos pierde todo su valor.

Tras repetir que los hombres ya no se casarán, Jesús recuerda algunas características de este mundo nuevo: los hombres tampoco morirán, serán como ángeles, serán hijos de Dios. Jesús habla de «los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos» (20,35). El puede hablar del mundo futuro, porque conoce a Dios y conoce las intenciones de Dios. Lo que Jesús dice sobre el mundo nuevo es ante todo revelación sobre Dios. Como el mundo actual y todos los que viven en él dependen de Dios, así también la participación en el mundo futuro es un don de Dios. Su poder no ha quedado agotado con la creación del mundo actual. El conduce más allá de este mundo y da la resurrección y la vida nueva a quienes considera dignos de estos dones. Jesús no habla aquí de una genérica supervivencia después de la muerte. Limita su revelación a los que son aprobados en el juicio de Dios, a los que él considera dignos de participar en la vida nueva.

Los saduceos eran los más conservadores en el judaísmo de la época de Jesús. Pero sólo en sus ideas, no en su conducta. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia, los que ellos atribuían a Moisés. Los profetas, los escritos apocalípticos, todo lo referente por tanto al Reino de Dios, a las exigencias de cambio en la historia, a la otra vida, lo consideraban ideas “liberacionistas” de resentidos sociales. Para ellos no existía otra vida, la única vida que existía era la presente, y en ella eran los privilegiados; por eso, no había que esperar otra.

A esa manera de pensar pertenecían las familias sacerdotales principales, los ancianos, o sea, los jefes de las familias aristocráticas y tenían sus propios escribas que, aunque no eran los más prestigiados, les ayudaban a fundamentar teológicamente sus aspiraciones a una buena vida. Las riquezas y el poder que tenían eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Gracias a eso mantenían una posición cómoda: por un lado, la apariencia de piedad; por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, sus amigos, de quienes recibían privilegios y concesiones que agrandaban sus fortunas.

Los fariseos eran lo opuesto a ellos, tanto en sus esperanzas como en su estilo de vida austero y apegado a la ley de la pureza. Una de las convicciones que tenían más firmemente arraigada era la fe en la resurrección, que los saduceos rechazaban abiertamente por las razones expuestas anteriormente. Pero muchos concebían la resurrección como la mera continuación de la vida terrena, sólo que para siempre.

Jesús estaba ya en la recta final de su vida pública. El último servicio que estaba haciendo a la Causa del Reino -en lo que se jugaba la vida-, era desenmascarar las intenciones torcidas de los grupos religiosos de su tiempo. Había declarado a los del Sanedrín incompetentes para decidir si tenían o no autoridad para hacer lo que hacían; a los fariseos y a los herodianos los había tachado de hipócritas, al mismo tiempo que declaraba que el imperio romano debía dejar a Dios el lugar de rey; ahora se enfrentó con los saduceos y dejó en claro ante todos la incompetencia que tenían incluso en aquello que consideraban su especialidad: la ley de Moisés.

La posición de Jesús en este debate con los saduceos puede sernos iluminadora para los tiempos actuales. También nosotros, como sociedad culta que actualmente somos, podemos reaccionar con frecuencia contra una imagen demasiado fácil de la resurrección. Cualquiera de nosotros puede recordar las enseñanzas que respecto a este tema recibió en su formación cristiana de catequesis infantil, la fácil descripción que hasta hace 50 años se hacía de lo que es la muerte (separación del alma respecto al cuerpo), lo que sería el juicio particular, el juicio universal, el purgatorio (si no el limbo), el cielo y el infierno... La teología (o simplemente la imaginería) cristiana, tenía respuestas detalladas y exhaustivas para todos estos temas. Creía saber casi todo respecto al más allá y no hacía gala precisamente de sobriedad ni de medida. Muchas personas «de hoy», con cultura filosófica y antropológica (o simplemente con «sentido común actual») se ruborizan de haber creído semejantes cosas, y se rebelan, como aquellos saduceos coetáneos de Jesús, contra una imagen tan plástica, tan incontinente, tan maximalista, tan segura de sí misma. De hecho, en el ambiente general del cristianismo, se puede observar un prudente silencio sobre estos temas otrora tan vivos y hasta discutidos. No hablamos ya de los difuntos -en el acompañamiento a las personas con expectativas próximas de muerte, o en las celebraciones en torno a la muerte- de la misma manera que hace unas décadas. Algo se está curvando epistemológicamente en la cultura moderna, que nos hace sentir la necesidad de no repetir sin más lo que nos fue dicho, sino de revisar y repensar lo que podemos decir/saber/esperar.

Como a aquellos saduceos, tal vez hoy Jesús nos dice también a nosotros: «no saben ustedes de qué están hablando...». Qué sea el contenido real de lo que hemos llamado tradicionalmente «resurrección» no es algo que se pueda describir, ni detallar, ni siquiera «imaginar».

Tal vez es un símbolo que expresa un misterio que apenas podemos intuir pero no concretar. Una resurrección entendida directa y llanamente como una «reviviscencia», aunque sea espiritual (que es como la imagen funciona de hecho en muchos cristianos formados hace tiempo), hoy no parece sostenible, críticamente hablando. Tal vez nos vendría bien a nosotros una sacudida como la que dio Jesús a los saduceos. Antes de que nuestros contemporáneos pierdan la fe en la resurrección y con ella, de un golpe, toda la fe, sería bueno que hagamos un serio esfuerzo por purificar nuestro lenguaje sobre la resurrección y por poner de relieve su carácter mistérico. Fe sí, pero no una fe perezosa y fundamentalista, sino seria, sobria, crítica, y bien formada.

(aporte de Lily, fuente: http://www.reflexionescatolicas.com/modules.php?name=Next2&anid=1418 )

sábado, 23 de octubre de 2010

Enviados con la fuerza del Espíritu Santo

Jn 20, 19-23
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según San Juan
.
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: "¡La paz esté con ustedes!". Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: "¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes". Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: "Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan".

Estas preciosas promesas nos hablan de la intimidad de Dios en nuestros corazones. El evangelio nos enseña que los que aman a Dios se convierten en verdaderos templos de la presencia del Padre y de Jesús.
Sólo esa presencia de amor poderoso hace posible cumplir de verdad los mandamientos de Dios. Pero luego aparece alguien más haciéndose presente en la intimidad de los creyentes: el Padre enviará el Espíritu Santo. Él es el que enseñará todo a los discípulos para que puedan comprender las enseñanzas de Jesús. Y en realidad él no enseñará cosas que Jesús no haya dicho, sino que “recordará” y hará comprender en profundidad las palabras de Jesús.

El nombre “Paráclito” es una expresión griega que significa ‘llamado junto a’, es decir, el que uno invoca para que esté a su lado. Como cuando uno grita a un amigo para que lo ayude y acompañe. Llamarle “consolador” puede reducir su función, ya que el Espíritu Santo viene a estar con nosotros no sólo para consolarnos en la aflicción, sino para fortalecernos, enseñarnos, acompañarnos, renovarnos y especialmente para hacer presente a Jesús y recordarnos el verdadero sentido de su evangelio. Sin este fuego y esta luz del Espíritu Santo “no hay nada bueno en el hombre, nada que sea inocente”. Sin su luz, todo está manchado por la mentira.

Sin el impulso de su amor, todo se enferma de egoísmo. Sin su poder, el hombre se aparta del verdadero camino y su corazón queda vacío.

P. Víctor M. Fernández

(aporte de Lore)

Les Doy mi Paz


Jesús ofrece su paz, y promete también la alegría (16, 22). La paz y la alegría son dos necesidades profundas del corazón humano, pues dan seguridad e intensidad, serenidad y entusiasmo.

Pero no hay que confundir esta paz con un estado de ánimo en que nada nos inquieta, en que realidad no nos interesa nada de nadie, porque estamos cómodos en nuestro propio egoísmo. Esa es en realidad la paz de los cementerios, esa es la falsa paz de los que han dejado morir la capacidad de amor que Dios puso en sus corazones, lo más valioso que llevaban dentro.

La paz de Jesús no es la serenidad psicológica del que vive cómodo en su mundo. La paz de Jesús es otra cosa, es la seguridad que dan su presencia y su amor en medio de las angustias y preocupaciones.

De hecho, el mismo Jesús experimentó angustia y alteraciones interiores (11, 33; 13, 21). Por eso Jesús aclara cómo nos regala su paz divina: "No la doy como la da el mundo" (14, 27). La paz y la alegría que Jesús da son de otro nivel, más profundo y valioso; no brotan de las seguridades del mundo, sino del amor: "Si me amaran..." (14, 28).

El que se deja amar por Jesús y reacciona amándolo y sirviendo al prójimo, encuentra la verdadera paz de su corazón, la paz que los intereses del mundo no nos pueden dar.

Y esa paz que nosotros podemos vivir es superior a la que podían vivir los apóstoles antes de la muerte de Jesús, porque ahora nosotros podemos gozar de la presencia de Jesús resucitado en nuestra intimidad, que derrama su gracia y la fuerza de su amor. Por eso Jesús decía a sus discípulos: "Si me amaran, se alegrarían de que yo me fuera al Padre" (v. 28).


(aporte de Pablo; una reflexión sobre el Evangelio de Juan 14,23-29)

23. Jesús le respondió y dijo: "Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. 24. El que no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
25. "Os he dicho estas cosas durante mi permanencia con vosotros. 26. Pero el intercesor, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, Él os lo enseñará todo, y os recordará todo lo que Yo os he dicho. 27. Os dejo la paz, os doy la paz mía; no os doy Yo como da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se amedrente. 28. Acabáis de oírme decir: "Me voy y volveré a vosotros". Si me amaseis, os alegraríais de que voy al Padre, porque el Padre es más grande que Yo. 29. Os lo he dicho, pues, antes que acontezca, para que cuando esto se verifique, creáis




lunes, 6 de septiembre de 2010

El Hijo Pródigo

Lucas 15,1-3.11-32
En aquel tiempo 1 se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharlo. 2 Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos:
- Ése acoge a los pecadores y come con ellos. 3 Jesús les dijo esta parábola:
- 11 Un hombre tenía dos hijos; 12 el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”. El Padre les repartió los bienes. 13 No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
14 Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. 15 Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. 16 Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 17 Recapacitando entonces se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras yo aquí me muero de hambre. 18Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; 19 ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
20 Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.21 Su hijo le dijo:- Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. 22 Pero el padre dijo a sus criados:
- Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; 23 traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, 24 porque este hijo mío estaba muerto y revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron el banquete. 25 Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, 26 y, llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. 27 Éste le contestó:
- Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. 28 Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. 29 Y él replicó a su padre:- Mira, en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; 30 y cuando ha venido ese hijo tuyo, que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. 31 El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: 32 deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado.


Orientaciones para la lectura
Si vamos a ver el contexto de la parábola del hijo pródigo, encontraremos que ésta viene después de las dos parábolas que tratan sobre el tema de lo perdido y encontrado (la parábola sobre la oveja perdida y la moneda perdida y encontrada). Por eso, según algunos autores, el título de la parábola del hijo pródigo tendría que ser "el hijo perdido y encontrado”. Esto viene subrayado por las palabras del padre, al final de la parábola: “En cambio, tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo hemos encontrado.” (v. 32) Pues, profundicemos más nuestra reflexión a través de las características o puntos importantes que nos transmiten los protagonistas de la parábola.


El hijo menor que recibe la confianza y el perdón del padre: El hijo menor es una persona en la que el padre confía. Cuando pidió a su padre la parte de la herencia que le correspondía, la parábola no dice que el padre le pusiera alguna objeción o le cuestionara. En seguida dice que el padre les repartió la herencia (vv. 12-13). Vemos que el padre respeta la libertad de su hijo menor y reconoce su responsabilidad. Seguramente que el padre concibe a su hijo menor como una persona que sabe vivir su libertad con responsabilidad. De lo contrario, no le habría dado su herencia.
Sin embargo, el hijo menor fue irresponsable. Gastó su herencia sin dar importancia a la confianza que el padre había depositado en él. Pero después, reconoció su falta y se volvió a la casa de su padre. El padre, sin pedir cuentas, ni poner condiciones, recibió a su hijo menor en sus brazos. No se pronuncian palabras de perdón, pero más significativas que estas palabras son las obras de perdón. El padre restituye al hijo pródigo sus derechos de hijo. El vestido más rico lo constituye en huésped de honor. El anillo lo capacita de nuevo para proceder como hijo. Las sandalias lo declaran hombre libre. Es otra vez el hijo libre de un labrador libre, no uno de los jornaleros que van con los pies descalzos. Sacrificando el becerro cebado se inicia una fiesta de alegría. El hijo es admitido de nuevo en la comunidad de mesa de la casa paterna. La alegría festiva en el corazón del padre no puede contenerse y llena toda la casa.


El hijo mayor: La actitud del hijo mayor caracteriza la postura de las observaciones críticas de los fariseos y de los doctores de la ley. Hemos de recordar que esta parábola fue contada por Jesús a ese colectivo religioso que criticaba su relación con publicanos pecadores. Las expresiones del hijo mayor: «sin desobedecer nunca una orden» o «tantos años que te sirvo» (v.29) aluden, alegóricamente, a la actitud religiosa de los fariseos frente a Dios.


El padre como símbolo del amor de Dios: El padre personifica el amor de Dios. Un amor, una misericordia incondicional, abierta, ilimitada, que no sólo se vuelca sobre el pecador arrepentido (el hijo menor), sino también sobre el crítico intransigente (el hijo mayor), que se obstina en su incomprensión.


Al considerar todo esto, podemos concluir que la parábola del hijo pródigo es una espléndida caracterización del mensaje salvífico de Jesús, el gran predicador del Reino. En la mentalidad de Lucas, es clara la magnanimidad de Dios, sobre todo cuando se trata de abrir de par en par las puertas del Reino a un pecador arrepentido. Además, la parábola es un ejemplo de la «proclamación del año de gracia del Señor» (Lc 4,19; Is 61,2a). La misión de Jesús, su encargo de anunciar a los oprimidos la buena noticia de la liberación (Lc 4,18-19) cobra su plena actualidad en Jesús (Lc 4,22). Jesús mismo anunció: «El Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10). Nada podrá apartarle de su misión y, mucho menos, la actitud de los que prefieren encastillarse en su concepción personal de la justicia y de la fidelidad, en vez de sumarse, con corazón alegre y abierto, a la celebración del amor, a la fiesta de la comprensión, a la aceptación del descarriado que vuelve al padre.



(aporte de Lily, fuente: http://www.discipulasdm.org/biblia/lectio_divina/lectio_ciclo_C/lectio_4_cuaresma_1_cecilia.htm )

viernes, 30 de julio de 2010

No Demos las Cosas Santas a los Perros

Evangelio: Mt 7,6.12-14

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “No den a los perros las cosas santas ni echen sus perlas a los cerdos, no sea que las pisoteen y después se vuelvan contra ustedes y los despedacen. Traten a los demás como quieren que ellos los traten a ustedes. En esto se resumen la ley y los profetas. Entren por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y amplio el camino que conduce a la perdición, y son muchos los que entran por él. Pero ¡qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que conduce a la vida, y qué pocos son los que lo encuentran!”.


A que se refiere Jesus cuando dice que no demos las cosas santas a los perros?

Señala el don de nuestra libertad. Esta es un tesoro incalculable, una perla preciosa, que seria muy triste arrojar a las bestias de los vicios, de las adicciones, de las pasiones o incluso de los defectos consentidos.

La libertad encuentra su orientacion en la fe en Cristo, se realiza plenamente cuando se empeña en el cumplimiento de la voluntad de Dios y se concreta en el servicio a los demas. Asi se es realmente libre: cuando se ama a Dios y al projimo.

El ideal cristiano es alto: tratar a los demas como queremos que nos traten. Es hasta cierto punto normal que nuestro trato sea mejor hacia las personas mas cercanas, que aquel que tenemos por los desconocidos. Es natural amar mas a algunas personas con respecto a otras.

Por eso el Evangelio nos invita a entrar por la puerta estrecha porque la caridad exige esfuerzo, negacion de uno mismo, aceptacion de la cruz; pero es también por medio de ello que nos acercamos al cielo.

(aporte de Ignacio)

fuente: http://www.regnumchristi.org/espanol/articulos/articulo.phtml?id=26530&se=363&ca=975&te=734

miércoles, 14 de julio de 2010

La Sanación de un Paralítico

(aporte de Ronnie)
Evangelio de Lucas 5, 17-26


17 Un día que estaba enseñando, había sentados algunos fariseos y doctores de la ley que habían venido de todos los pueblos de Galilea y Judea, y de Jerusalén. El poder del Señor le hacía obrar curaciones. 18 En esto, unos hombres trajeron en una camilla a un paralítico y trataban de introducirle, para ponerle delante de él.
19 Pero no encontrando por dónde meterle, a causa de la multitud, subieron al terrado, le bajaron con la camilla a través de las tejas, y le pusieron en medio, delante de Jesús. 20 Viendo Jesús la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados te quedan perdonados.» 21 Los escribas y fariseos empezaron a pensar: «¿Quién es éste, que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?» 22 Conociendo Jesús sus pensamientos, les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? 23 ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te quedan perdonados", o decir: "Levántate y anda"? 24 Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados, - dijo al paralítico -: "A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".» 25 Y al instante, levantándose delante de ellos, tomó la camilla en que yacía y se fue a su casa, glorificando a Dios. 26 El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto cosas increíbles.»




Jesús, perdonó los pecados y curó a un paralítico por la fe de sus amigos. El paralítico ni abrió la boca, y hasta no parecía muy convencido. Esto nos dá una gran oportunidad: primero, observar cuántos paralíticos espirituales tenemos a nuestro lado.

Cuántas veces ante nuestros amigos, tiramos la toalla y pensamos que hagan lo que quieran con su fe. Pero no fue así como se comportaron los amigos del paralítico. No debió ser fácil para ellos conseguir llevarlo, y no se rindieron ante la imposibilidad de meterlo dentro por la puerta para ponerlo frente a Jesús.
¡Tuvieron romper el techo, para hacerlo entrar y para darle la oportunidad de una nueva vida!. Si comparamos este relato con lo que pasa con algunos de nuestros amigos, observamos que no se les mueve nada, parece que estuvieran paralíticos de espíritu.

¿Qué podemos hacer entonces?
¡Tendremos innumerables obstáculos que dificultarán ponerlos delante de Jesús para que los pueda perdonar y curar!. Por eso, nuestra tarea va a ser que romper muchos techos, esquemas y excusas. ¿Cómo?

No vamos a necesitar explicarles la doctrina ni recurrir a las palabras. Solamente si somos personas de oración personal y comunitaria, podremos recurrir al Espíritu Santo para que nos preste una camilla y la tome de los otros costados.

Con ese paso Jesús ayudará a nuestros amigos a llevar una vida más cristiana. Siempre y cuando, Él vea nuestra fe, escuche nuestras oraciones, y vea el sacrificio que hacemos para buscar la camilla.
Jesús, estaba deseoso de curar a mucha gente. Pero sólo curó a aquél que tenía amigos con mucha fe, con mucha vida interior.

¡No nos tenemos que olvidar que nuestro Dios hace cosas maravillosas!



Entrada Triunfal a Jerusalén

Evangelio de Lucas
Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: «¿Por qué lo desatan?», respondan: «El Señor lo necesita». Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?». Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita». Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino. Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:»¡Bendito sea el Rey que viene en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!». Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron: «Maestro, reprende a tus discípulos». Pero él respondió: «Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras

Termina aquí la cuaresma y comienza la Pascua. Durante semanas nos estuvimos preparando para esto, porque la cuaresma nos va preparando para vivir el tiempo de Pascua, el paso salvador para nuestras vidas.

Desarrollo
Hace 3850 años, Abraham salió de Ur de Caldea (Irak) para dirigirse a las tierras de Canaan (Israel), cumpliendo con el mandato de Dios. Una enorme caravana de personas y animales fue avanzando paso a paso a lo largo de más de 2000 km. Establecieron una fiesta anual en honor a Javeh, y para el bien de todo el ganado, con el cual se alimentaban. Esa fiesta se realizaba al inicio de la primavera, y consistía en ofrecer el sacrificio de una animal de 1 año, macho, y perfecto, el cual debía comerse por completo. Las sobras se quemaban, y la sangre se ofrecía a Dios. Era la Fiesta de Pascua.
Al llegar a las tierras de Canaan y dejar de ser nómades, comenzaron a alimentarse de los bienes de la tierra. Establecieron una fiesta que duraba una semana, al comienzo de la primavera. Sólo debían comer pan ázimo (sin levadura), y beber vino. El jefe de familia bendecía la copa de vino, el de menor edad tomaba una jarra de agua y le lavaba las manos al jefe. Éste luego de secarse bendecía y repartía el pan ázimo cortado y el vino. Era la Fiesta de los Ázimos.
Ambas fiestas convivieron durante años. Cuando Moisés está cerca de sacar al pueblo judío de Egipto, coinciden esas 2 fiestas con la 10* plaga de Dios: la muerte de los primogénitos en Egipto. Dios instrye a Moisés para que una noche preparen un cordero o cabrito de 1 año, macho, perfecto, para ofrecerlo como sacrificio. Con su sangre debían untar los dinteles de las puertas de sus casas. A medianoche al pasar el ángel exterminador, donde las puertas tenían sangre, seguía de largo. Al día siguiente de la matanza, el Faraón liberó al pueblo de Israel, lo que se conoce como el Éxodo. La Fiesta de Pascua tomó el símbolo de festejar la salida de Egipto.
Durante los siguientes años, ambas fiestas se unieron en una sola.
Jesús, luego de recorrer durante 3 años la Galilea y Judea, hace su entrada triunfal en Jerusalén. El pueblo que se acercaba para festejar la Pascua lo reciben como un Rey, arroja sus mantos y agita ramos de olivos y palmeras (esto figura con detalle en los otros 3 evangelios). Jesús entra con una cría de asno y con su atuendo habitual.

Reflexiones para nuestras vidas
Jesús elige una cría y no un animal adulto. Estaría reflejando en este último, nuestra vieja vida; por eso elige la cría que nadie había montado, nuestra nueva vida.
Jesús nos está invitando a que lo dejemos que haga su entrada triunfal en nuestro corazón. Para eso, debemos tomar una acción; es ese desatar que aparece varias veces. Desatar todas aquellas cosas que nos impiden que el pueda entrar a reinar. No nos quiere como simples espectadores, quiere que nos metamos de lleno en esta semana santa.
Durante su entrada, interpretamos que el arrojar nuestro manto pude tratarse de arrojar nuestras máscaras, que nos impiden ser lo que realmente somos.
Si le abrimos el corazón, durante los 3 primeros días (lunes, martes y miércoles santos) se va a dedicar a tirar abajo nuestros prejuicios hacia la iglesia, el Papa y los sacerdotes; nos va a tirar abajo nuestras dudas, tristezas y miedos; tal como lo hizo al tirar las mesas de los cambistas y vendedores de palomas en el Templo de Jerusalén, a quienes trató como cueva de ladrones. Nos va a sacar todo aquello que nos roba lo que nos une a Él. También, nos va a profetizar la destrucción del Templo, tal como lo hizo a los judíos de esa época. Sí, nos va a destruir el viejo corazón de piedra, para construir de a poco un nuevo corazón. Fíjense que como los judíos lo rechazaron, 40 años más tarde, en el 70 de nuestra era, el emperador romano Tito, no sólo destruyo el Templo sino que al no quedar lugar para alojar a Dios (el arca de la alianza con las tablas de Moisés), desaparece el famoso grupo de los saduceos (esos aristócratas que ocupaban los puestos más importantes en el Sanedrin), y todos los sacerdotes ungidos por Dios. O sea, que desde entonces, el templo de Jerusalen pasó a ser un lugar de reunión, oración y enseñanza, en lugar de ser un lugar donde habitaba Dios. Aparece así, la sinagoga. Y los sacerdotes fueros reemplazados por los rabinos, los eruditos en la ley y maestros, pero sin ser ungidos por Dios. Por si esto no fuera poco, en el año 639 dC, las huestes de Mahoma luego de tomar Jerusalén, construyeron sobre lo que había sido el Templo de Jerusalén, la Mezquita de Al Aqsa (la 3* en importancia para el Islam, luego de La Meca y Medina). Luego, 50 años después, construyeron en Jerusalén la imponente Mezquita del Domo de la Roca, pero de menor importancia que la de Al Aqsa. Con esto, se descarta que el problema entre judíos y musulmanes sea sólo político y social.
Jueves Santo: Jesús nos invita a su Santa Cena, la institución de la Eucaristía, que desde entonces se celebra todos los días y en todo el mundo en memoria suya. En cada Eucaristía, Jesús se hace presente en cuerpo y sangre, ya que transformó el rito de la Fiesta de los Ázimos, reemplazando el pan y el vino. En lugar del cordero sacrificado de la Fiesta de Pascua, Él tomó su lugar por todos nosotros. Pero, antes de la cena, cambió la parte del rito en que el más jóven le acercaba una jarra con agua para lavar las manos al jefe de familia antes de la bendición. En su lugar, Él tomó la jarra, llenó un recipiente y lavó los pis de los apóstoles (escándalo para los judíos, ya que era una tarea denigrante sólo reservada a los esclavos). Con este gesto, Jesús se pone a nuestro servicio. ¿Lo creemos realmente? A partir de creerlo, nuestra vida cambiará de rumbo sin lugar a dudas. Ya no tendremos que depender de nada ni de nadie. Fijémonos lo que ocurrió con los apóstoles después de Pentecostés: un puñado de hombres, llevo su palabra a todo el mundo. Hoy, de los 6700 millones de personas, 1 de cada 3, sigue a Jesús o fue bautizado en su Iglesia. En realidad, seguidores fieles habrá menos de 150 millones.
Viernes Santo: Es el día de mayor recogimiento y de contemplación de su pasión y muerte. Ese día se exalta la cruz, y en el vïa Crucis se vive paso a paso cada momento.
Sabado Santo: Durante todo el día, se continúa con lo vivido el viernes. Al final del día se celebra la más importante celebración del año, que transforma nuestra oscuridad en luz. Domingo de Pascua: se celebra la resurrección de Jesús. Es el triunfo de Jesús sobre la muerte, y nuestro triunfo también sobre ella.

(aporte de Ronnie)

lunes, 12 de julio de 2010

Discípulos de Emaús

1. Leemos el Evangelio de Lucas 24,13-35

13 Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, 14 y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. 15 Y sucedió que, mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; 16 pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran. 17 El les dijo: - ¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando? Ellos se pararon con aire entristecido. 18 Uno de ellos llamado Cleofás le respondió: - ¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que estos días han pasado en ella? 19 El les dijo: - ¿Qué cosas? Ellos le dijeron: - Lo de Jesús el Nazoreo, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; 20 cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron. 21 Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. 22 El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro, 23 y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que hasta habían visto una aparición de ángeles, que decían que él vivía. 24 Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron. El les dijo: - ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! 26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? 27 Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras. 28 Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. 29 Pero ellos le forzaron diciéndole: - Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. 30 Y sucedió que, cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31 Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su lado. 32 Se dijeron uno a otro: - ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? 33 Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, 34 que decían: - ¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón! 35 Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo le había conocido en la fracción del pan.


F Orientaciones para la lectura

ð Según el evangelista Lucas, María Magdalena y las demás mujeres que estaban con ella, discípulas de Jesús que lo habían seguido desde Galilea, fueron al sepulcro el primer día de la semana y lo encontraron vacío. Allí, unos ángeles les dijeron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado”.

Ellas les anunciaron todo esto a los apóstoles, pero a ellos su testimonio “les pareció un desatino y no las creyeron” (Lc 24,1-11).

ð Esta falta de fe es la razón de la desesperanza de Cleofás y del otro discípulo que, tras la crucifixión del Señor, abandonaron Jerusalén y se dirigieron a un pueblo llamado Emáus. El evangelio de este domingo nos sitúa ahí, en ese escenario, como testigos de lo que les pasó a los dos discípulos que huían de Jerusalén.

ð Cuando escuches o leas el evangelio, elige cómo situarte: si como espectador/a de la escena, o como protagonista de la misma, como si fueras un discípulo o discípula que vivió esa experiencia.

ð vv.13-26:

§ Fíjate en lo que se dice de los discípulos, en lo que hacen, dicen y en cómo se sienten.

  • Observa que se van de Jerusalén, según dijo el Señor Jesús: “Todos os vais a escandalizar, según está escrito: ‘Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas’”. Probablemente los discípulos huyen para no correr la misma suerte que su maestro.

  • Van hablando y discutiendo de lo que ha pasado: “Jesús Nazareno, profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante el pueblo, ha sido condenado a muerte y crucificado”. Se sienten defraudados, decepcionados (“Nosotros esperábamos... pero...”). Se sienten tristes y vacíos de esperanza.

  • Reconocen que “algunas mujeres les han sobresaltado” con la noticia de que Jesús está vivo, pero no creen, porque las mujeres y los que después fueron al sepulcro (Pedro), no le vieron a Él.

  • Los discípulos necesitan pruebas, como Tomás. Necesitan ver para creer. Pero sus ojos son incapaces de reconocer a Jesús cuando se acerca y se pone a caminar con ellos.

  • Fíjate en que, cuando Jesús se acerca a ellos, se interesa por sus vidas, por lo que les pasa. Les pregunta, les escucha, y ellos se confían a Él.

ð vv.25-27:

Jesús les recrimina su falta de fe y les explica todo cuanto se refiere a Él en la Escritura.

ð vv.28-31:

  • Cuando llegan al pueblo, Jesús hace ademán de seguir adelante, pero ellos le apremian diciéndole: “Quédate con nosotros”. Y Jesús se queda con ellos. Es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros (Mt 1,23), el Dios que cumple su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

§ Observa que esa presencia del Resucitado se hace realidad, sobre todo, en la fracción del pan. Sólo cuando Jesús compartió la mesa con los discípulos, como tantas veces había hecho durante su vida terrena, sólo cuando repitió el gesto de la última cena, sólo entonces pudieron reconocerlo como su Maestro y su Señor. Ante el gesto familiar, conocido, se les abrieron los ojos.

ð vv. 32-35:

  • Fíjate en la diferencia que hay en los discípulos al principio y al final del relato, tras el encuentro con el Señor. Los dos han sufrido una transformación: sus ojos ahora pueden ver, su corazón está despierto, asombrado, ardiendo de fe. La palabra del Maestro ha encendido su fuego en ellos, y los que huían, ahora son capaces de levantarse (verbo de la resurrección) y regresar a Jerusalén a dar testimonio. Allí, en la comunidad abandonada, crece la fe al compartirse. Quienes permanecieron, les anunciaron que el Resucitado se había aparecido a Simón. Y ellos contaron cómo le habían conocido en la fracción del pan.

ð Observa que el relato de Emaús es una catequesis eucarística. Lo que les pasa a los discípulos tiene la misma dinámica de nuestras celebraciones Eucarísticas de hoy:

  1. El Señor nos sale al encuentro y “se mete” en nuestra vida para darnos la suya. Quiere que le contemos lo que vivimos, cómo nos sentimos, cómo estamos = Ritos iniciales.
  2. El Señor nos explica la Escritura para iluminarnos y encender nuestra fe = Liturgia de la Palabra.
  3. El Señor parte para nosotros su pan para alimentarnos y crear comunión = Liturgia eucarística.
  4. Quedamos transformados/as en apóstoles, enviados a anunciar el evangelio por todas partes = Ritos de despedida.

2. Meditamos el Evangelio

1. Contempla a los discípulos en el camino: su falta de fe y esperanza, su decepción, su desilusión, su miedo... Ellos consideraban a Jesús como un “profeta poderoso en obras y palabras”. Pusieron los ojos y las esperanzas en ese “poder”, y quedaron confundidos y escandalizados cuando Jesús murió débil y despreciado por los poderosos en una cruz.

· ¿Alguna vez has visto vacilar tu fe porque Dios no ha respondido a tus peticiones, no ha hecho lo que tú esperabas, no se ha manifestado como tú pensabas?

· ¿Alguna vez las “cruces” de tu vida o del mundo te han hecho desesperar de Dios?

· Cuando te sientes abatido o preocupado, ¿le confías a Dios tus preocupaciones con la certeza de que Dios cuida de ti (cf. 1 Pe 5,7)? Así dice el Salmo 55,23: “Descarga en el Señor tu peso, y él te sustentará”.

2. Jesús les explica las Escrituras y los discípulos sienten que arde su corazón mientras le escuchan.

· ¿Lees a menudo la Biblia, en especial los Evangelios? ¿Oras con ellos?

· ¿Has experimentado alguna vez que la Palabra de Dios te ha infundido una fuerza y esperanza que no tenías? ¿Sientes arder tu corazón cuando escuchas el Evangelio en cada Eucaristía?

3. Los discípulos sienten un gran deseo de estar con Jesús y le piden que se quede con ellos.

¿Sientes tú esa misma necesidad de estar con Él? ¿Dedicas, todos los días, un tiempo a la oración?

4. Los discípulos le reconocen presente y resucitado cuando hace el gesto de la última cena: la fracción del pan. Todos los días el Señor, en su Iglesia, en cada Eucaristía, parte el pan para nosotros.

¿Cómo vives ese momento? ¿Es la Eucaristía el principal alimento de tu vida creyente?

5. Los discípulos, antes abatidos y desalentados, se levantan”. La Eucaristía transforma, levanta, alienta, moviliza sus pasos. Sienten la necesidad de contar a Jesús, anunciar lo que han visto y oído.

¿Te sucede a ti lo mismo cada vez que participas en la Eucaristía o rezas?

6. Los discípulos vuelven al lugar donde estaba la comunidad reunida. La Eucaristía crea comunión y comunidad.

¿Te sientes integrado y unido a tu Iglesia, a tu comunidad parroquial?